Cena Dominical


Hace dos años y medio nos encontrábamos hambrientos de la conexión que trae consigo el compañerismo. La vida con tres hijos pequeños, el permanecer involucrados con la iglesia y el navegar por un inestable ámbito laboral, nos mantenía ocupados. Las conversaciones eran constantemente interrumpidas. Las amistades eran ignoradas. Yo (Jon) recién había presenciado cómo tres cuartos de mis compañeros de trabajo habían sido acompañados hasta la salida de la oficina en calidad de despedidos, mientras que el precio del petróleo se desplomaba. Nuestro futuro se veía turbio. Estábamos cansados, solos y perdidos.

Conscientes de que el aislamiento solo empeoraría las cosas, comenzamos a buscar la conexión con otras personas. El intercambio de gestos de amabilidad entre servicio y servicio de la iglesia no era suficiente. Necesitábamos un lugar para trabajar con los asuntos difíciles. Los temas conflictivos. Las cosas que obviamente no queríamos discutir en compañía de los bien educados y propios. Reconocimos que había un vacío en nuestras vidas, así que decidimos llenar ese vacío.

Al comienzo de verano del 2015, invitamos a todo el que quisiera asistir a nuestra casa, los domingos por la tarde para una cena de traje, es decir cada asistente normalmente lleva un platillo para compartir. “Cena Dominical”, así decidimos llamarle. Mientras los niños corrían sin ton ni son por el jardín trasero de la casa, los adultos nos reuníamos alrededor de una mesa en la cocina, los amigos platicaban en el patio. Aquello era ruidoso, caótico, improvisado… y a la vez, sorprendentemente maravilloso.

Lo que comenzó con un tiempo para ponerse al corriente con los amigos, pronto se convirtió con un ritual semanal. Además de saquear el refrigerador, vaciándolo de todo lo que fuera que hubiera sobrado para el final de la semana, también podíamos descargar todas las cargas y problemas de la semana al platicarlas unos con otros. No había una agenda oculta o elementos religiosos, pero con frecuencia nuestra propia espiritualidad y batallas por librar, venían a ser el tema de nuestras conversaciones. Por fin teníamos un lugar en donde podíamos indagar acerca de nuestras preguntas y dudas en lo relacionado con la vida espiritual, que cada día aparentaba ser más gris.

Ahora se ha convertido en un lugar seguro en donde le damos batalla a los problemas difíciles de la vida. En la Cena Dominical, nuestras conversaciones usualmente comienzan con temas cotidianos y mundanos: deportes, trabajo, carros y los hijos. Con frecuencia, nuestras vivencias son la chispa que detona conversaciones más profundas que tocan temas como el racismo, homosexualidad, evolución, paternidad, infertilidad, pedida de embarazos, inmigración, teología entre otros (y de todo tipo) temas tabú. A veces sacamos algún juego de mesa o hacemos alguna competencia para ver quién come más pay. O nos reunimos alrededor del piano para una sesión improvisada de música. En otras ocasiones nos sentamos afuera de la casa, hasta ya entradas las horas de la noche (obvio ya pasada la hora de acostar a nuestros hijos), a escuchar los conflictos que enfrentan nuestros amigos con el racismo, con salir del closet al presentarse como cristianos gais. Mientras tanto, nuestra lista de asistentes constantemente baja y fluctúa. Nuestros amigos pierden sus empleos, se mudan lejos de aquí, el trabajo y las escuelas con frecuencia cambian horarios pero, aún así conocemos nuevos vecinos y nos conectamos con nuevos amigos que llegan como invitados. Lo que nos ha unido es el respeto mutuo que nos tenemos y el lazo en común que hemos creado al sentarnos a la mesa y comer juntos.

Lo que hemos experimentado es una comunidad, sin lugar a duda, y la comunidad es esencial. Ya se ha dicho antes que aquello que tenemos en común es nuestra necesidad física de comer. Nuestra necesidad espiritual, es la de tener comunión unos con otros. Ofrecer nuestra casa como un lugar para reunirnos y comer ha logrado suplir ambas necesidades y nuestra necesidad de conexión finalmente está siendo saciada.

Jonathan y Denise viven en el Noroeste de Houston y son feligreses de la iglesia Episcopal San Cutberto. Diariamente aprended cómo la fe influye en la crianza de sus tres hijos pequeños y en una comunidad honesta y abierta.


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